El ataque en Calama, donde un estudiante planificó una agresión que costó la vida a una inspectora e hirió a otras cuatro personas, abrió una herida que el país no cierra
Las denuncias por convivencia escolar aumentaron un 25% entre 2024 y 2025. El proyecto «Escuelas Protegidas» contempla revisión de mochilas, sanciones pedagógicas ampliadas y restricciones al reconocimiento facial. Medidas necesarias, pero insuficientes. La principal brecha no está en la falta de castigo, sino en la debilidad de la prevención: faltan capacidades para detectar tempranamente riesgos y articular apoyos en salud mental. La ciencia entrega cuatro caminos concretos para actuar hoy, así lo señalan Alejandro Pérez, investigador de Educación UNAB y Eliana Schmitt, directora Magíster en Gestión Pedagógica Curricular y Proyectos Educativos UNAB.
Nombrar lo que ocurre: Alisic et al. (2014) muestran que el silencio institucional amplifica el estrés postraumático. Los directivos deben convocar asambleas de curso, validar el miedo como respuesta normal y comunicar con transparencia. No minimizar, no dramatizar. Detectar temprano. El modelo SWPBS (Sugai & Horner, 2009) exige que los docentes registren señales de alerta, aislamiento, cambios de conducta, fascinación por la violencia y las deriven sin demora. Rojas-Andrade et al. (2024) confirman que «los conflictos cotidianos escalan cuando no existen adultos ni dispositivos capaces de contener y mediar a tiempo».
Regular emocionalmente en el aula. Biegel et al. (2009) evidencia que cinco minutos diarios de respiración guiada o reconocimiento emocional reducen ansiedad y reactividad agresiva en adolescentes. Prevención real, no retórica. Formar en Primeros Auxilios Psicológicos. La OMS (2012) sistematizó un protocolo de tres pasos: observar, escuchar y conectar que cualquier docente puede aplicar ante un estudiante en crisis. Más urgente que cualquier instructivo sobre mochilas.
El problema estructural es que el sistema de salud mental escolar en Chile, en muchas regiones, simplemente no existe. Martínez et al. (2021) documentan el severo impacto que los entornos violentos generan también en los propios docentes: el bienestar del profesor es condición del bienestar del estudiante. Chile necesita escuelas seguras, pero también capaces de prevenir, acompañar y reinsertar. En este sentido todos los actores son necesarios para acompañar a los estudiantes. Las leyes pondrán detectores en las puertas. Lo que facilitemos dentro de las aulas depende de nosotros.






