Marzo en Chile tiene algo de ritual y algo de ficción. Ritual, porque volvemos a comprar uniformes, ordenar mochilas y ajustar despertadores
Ficción, porque creemos que el aprendizaje puede reactivarse como si nada hubiese ocurrido durante dos meses de desorden horario, pantallas sin límite y escasa conversación formativa.
La evidencia no respalda esa ilusión. La OCDE ha mostrado que el involucramiento parental es un factor decisivo en el rendimiento y la motivación estudiantil (OECD, 2023). La UNESCO advierte que la recuperación educativa exige fortalecer el vínculo entre escuela, familia y comunidad (UNESCO, 2022). Y el Ministerio de Educación de Chile ha reiterado que la asistencia y el bienestar son condiciones mínimas para aprender (Ministerio de Educación de Chile, 2024).
Sin embargo, en Chile se ha instalado una peligrosa comodidad: exigir resultados a los profesores mientras se relativiza el rol formativo del hogar. Se critica el SIMCE, la PAES o los resultados PISA, pero poco se discute sobre lo que ocurre en la mesa familiar a las diez de la noche, cuando un niño sigue con el celular en la mano en vez de estar descansando.
La escuela no puede sola. Ninguna política pública sustituye la constancia cotidiana de una familia que educa. Cuando no existen horarios claros, cuando el esfuerzo no es valorado y cuando el límite se confunde con autoritarismo, el aula se convierte en un espacio de contención emocional antes que en un espacio de aprendizaje profundo.
Este inicio de año escolar exige algo más que entusiasmo de marzo. Exige decisiones concretas: regular el uso de dispositivos con reglas coherentes; establecer rutinas de sueño estables; conversar cada día —aunque sean diez minutos— sobre lo aprendido; leer juntos como acto cultural y no como tarea obligatoria; transmitir que el estudio no es castigo, sino oportunidad.
Desde la docencia, también corresponde autocrítica. No se puede comenzar el año corriendo detrás del currículo como si el aprendizaje fuese una carrera de velocidad. La OEI ha señalado que las mejoras sostenidas dependen de culturas escolares colaborativas donde la familia participa activamente (OEI, 2023). Iniciar marzo reconstruyendo normas, sentido y expectativas no es perder tiempo: es sembrar futuro.
Marzo no es solo calendario; es un espejo. Refleja cuánto estamos dispuestos a comprometernos con la formación de nuestros hijos. La educación no es un servicio que se delega. Es una responsabilidad que se comparte.
Si este 2026 la familia decide educar con coherencia —poner límites, acompañar tareas, modelar respeto y valorar el esfuerzo— la escuela podrá enseñar con mayor profundidad y sentido. Allí está la verdadera reforma pendiente: comprender que el éxito escolar no nace únicamente en la sala de clases, sino en la alianza diaria, silenciosa y firme entre hogar y escuela.
El año comienza ahora. No con el timbre, sino con el ejemplo.






