Hace unos días, mientras viajaba en transporte público, me quedé observando una escena
Una madre iba con sus dos hijos. Cada uno tenía un celular en la mano. Por momentos ella miraba la pantalla de uno y luego la del otro. Había interacción, pero las miradas se encontraban sobre un dispositivo.
Después miré alrededor. Conté cerca de doce adultos concentrados en sus teléfonos. Pensé qué podría ocurrir si esos niños levantaran la mirada. Quizás del encuentro entre hermanos aparecería un juego. Si observaban hacia afuera, estaban la ciudad y el recorrido. ¿Qué encontrarían en la mirada materna, esta vez no mediada por el teléfono? No sabemos qué habría ocurrido. Quizás eso sea precisamente lo interesante: más allá de la pantalla existe lo inesperado, la posibilidad de dejarse impactar por el afuera.
La escena vuelve a mí mientras en Chile se discute restringir el acceso de menores de edad a las redes sociales. No es una discusión aislada. En Europa también se debate cómo protegerlos en estos espacios. En su reciente discurso ante el Parlamento Europeo, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, anunció una regulación gradual: nada de redes sociales antes de los 13 años y, entre los 13 y los 15, “minicuentas” configuradas y supervisadas por adultos.
Un aspecto de su intervención resulta especialmente significativo: sostuvo que no tenemos por qué aceptar funciones adictivas ni que las infancias sean conducidas hacia contenidos cada vez más extremos. Las plataformas tendrán que demostrar que son seguras. También formuló una idea que cambia desde dónde pensamos el problema: no se trata de cuándo nuestros niños acceden a las redes sociales, sino de cuándo y cómo permitimos que las redes sociales accedan a ellos.
Creemos que buscamos en la web, pero el algoritmo también aprende de nosotros. Gisela Untoiglich (2026) advierte que las redes conocen las vulnerabilidades de los adolescentes y, a partir de sus búsquedas, construyen trayectorias que pueden intensificarse. Lo que allí ocurre, señala, produce efectos en el cuerpo, el psiquismo y los modos de vincularse.
Hablamos de las redes y sus algoritmos como si fueran entes autónomos. Sin embargo, detrás hay personas, empresas y decisiones acerca de cómo capturar y prolongar nuestra atención. Presentar al algoritmo como una fuerza que actúa por sí sola puede diluir las responsabilidades detrás de su funcionamiento.
Y aquí emerge una pregunta central: ¿de quién es la responsabilidad del cuidado digital de las infancias y adolescencias? Solemos pedirles que miren menos el celular y a sus cuidadores que instalen controles parentales. Pero dicho cuidado no es una tarea exclusivamente individual o familiar. Los niños y niñas son también ciudadanos y sujetos de derechos. El Estado tiene una responsabilidad de protección, pero también quienes diseñan estas plataformas.
Como señala Untoiglich, regular las plataformas es solo una parte del desafío. La otra tiene que ver con construir comunidad, espacios de conversación y presencia frente a la soledad y el aislamiento.
Probablemente las redes seguirán formando parte de nuestras vidas. Por eso, si esperamos que niños, niñas y adolescentes levanten la mirada de la pantalla, importa preguntarnos qué podemos ofrecer cuando lo hacen. Quizás los adultos también tengamos que despegar los ojos del celular para poder ofrecer una palabra, un cuerpo en movimiento, la posibilidad de un encuentro. Un afuera que no está hecho solo para ser mirado, sino también para ser vivido.






