De manera casi imperceptible, los algoritmos comenzaron a ingresar a uno de los espacios más sensibles de nuestra sociedad: la salud
Hoy, sistemas de inteligencia artificial ya participan en diagnósticos médicos, interpretación de radiografías y análisis clínicos capaces de analizar enormes volúmenes de información en segundos, así lo señala Omar Salinas Silva – Director Ingeniería Civil Informática Advance UNAB.
Chile no está fuera de esta transición. En un sistema de salud tensionado por listas de espera, falta de especialistas y creciente presión hospitalaria, la inteligencia artificial comienza a instalarse como apoyo en decisiones clínicas críticas. La promesa es poderosa: diagnósticos más rápidos y optimización de recursos. Sin embargo, en medicina la velocidad nunca ha sido suficiente por sí sola.
La medicina siempre ha tratado personas; los algoritmos, en cambio, tratan patrones. La inteligencia artificial no comprende emociones ni factores humanos invisibles en una ficha clínica. Funciona identificando correlaciones estadísticas y, aunque puede alcanzar niveles de precisión extraordinarios, también puede equivocarse.
Si los datos utilizados para entrenar estos sistemas contienen errores o sesgos, las decisiones también pueden verse afectadas. A esto se suma otro desafío crítico: muchas de estas tecnologías entregan diagnósticos sin transparentar completamente cómo llegaron a esa conclusión. Y cuando ni siquiera comprendemos cómo decide un algoritmo, también se vuelve más difícil cuestionarlo. La discusión deja entonces de ser únicamente tecnológica y se transforma en una cuestión de confianza, responsabilidad y gobernanza.
Mientras más digitalizamos la salud, más vulnerable se vuelve el sistema sanitario. Hospitales y plataformas médicas dependen crecientemente de infraestructura digital y servicios tecnológicos externos. En este escenario, una falla tecnológica o un ciberataque podrían retrasar diagnósticos, afectar tratamientos y comprometer procesos clínicos críticos.
Cuando la tecnología falla en salud, las consecuencias dejan de ser digitales y comienzan a ser humanas. La inteligencia artificial probablemente será una herramienta fundamental para la medicina del futuro, pero incorporarla sin regulación, supervisión y transparencia también implica riesgos que no podemos ignorar. El verdadero desafío será asegurar que la tecnología continúe siendo una herramienta al servicio del criterio médico y no un reemplazo de aquello que hace verdaderamente humana a la medicina: la empatía y la responsabilidad sobre la vida de las personas.






