Juan Pablo Catalán, investigador de la Universidad Andrés Bello alerta sobre el impacto de la pobreza, la salud mental y la pérdida de sentido de la experiencia escolar
Aunque las cifras de desvinculación escolar muestran una mejora significativa en Chile, el fenómeno continúa siendo una de las principales preocupaciones del sistema educativo. Así lo plantea Juan Pablo Catalán, académico e investigador en educación de la Universidad Andrés Bello (UNAB), quien advierte que detrás de los indicadores positivos persisten miles de historias de exclusión y trayectorias educativas interrumpidas.
Según datos del Ministerio de Educación, la desvinculación escolar disminuyó desde un 1,7% en 2022, equivalente a 50.814 estudiantes, a un 1,3% en 2024, correspondiente a 40.063 alumnos. Se trata de la cifra más baja desde que existen registros comparables.
Sin embargo, para Catalán, la reducción no debe interpretarse como el fin del problema. “Detrás de cada número hay una historia interrumpida. Que la cifra baje no significa que el problema esté resuelto; significa que Chile ha logrado cerrar parte de la herida, pero todavía mantiene a miles de niños, niñas y adolescentes fuera del lugar donde deberían estar: la escuela”, señala.
El investigador advierte además que existe una forma menos visible de desvinculación que muchas veces no aparece en las estadísticas oficiales.
“Hay estudiantes físicamente presentes, pero profundamente desconectados del aprendizaje, de sus profesores y de la idea misma de futuro. Esa es quizás la antesala más silenciosa del abandono escolar”, explica.
Una desvinculación que comienza mucho antes del abandono
Catalán enfatiza que la deserción escolar rara vez ocurre de manera repentina. Por el contrario, suele ser el resultado de un proceso gradual donde confluyen factores económicos, familiares, sociales y emocionales.
“La deserción escolar es una despedida lenta. Primero baja la asistencia, luego aparece el rezago, después se debilita el vínculo con la escuela y finalmente el estudiante desaparece del sistema”, sostiene.
Entre los factores que inciden en este fenómeno menciona la pobreza, la violencia en los territorios, los problemas de salud mental, la precariedad laboral de las familias, las responsabilidades de cuidado y experiencias escolares marcadas por el fracaso o la exclusión.
A juicio del académico, existe además un desafío que el sistema educativo debe enfrentar con urgencia: reconstruir el sentido de pertenencia de los estudiantes.
“Muchos jóvenes abandonan porque sienten que la escuela dejó de hablarles. Un estudiante que deja de sentirse esperado por la comunidad educativa comienza a desvincularse mucho antes de abandonar formalmente el sistema”, afirma.
Salud mental y violencia: una emergencia educativa
El investigador plantea que la salud mental adolescente se ha transformado en una de las principales preocupaciones posteriores a la pandemia, fenómeno que impacta directamente en la permanencia escolar.
“La violencia escolar que hoy observamos en Chile no puede analizarse solo desde la disciplina; también debe entenderse como el síntoma de una infancia y adolescencia emocionalmente agotada”, explica.
En ese contexto, advierte que muchas escuelas enfrentan estas problemáticas con recursos insuficientes, equipos especializados limitados y docentes sometidos a altas exigencias.
“La convivencia escolar, la salud mental y los aprendizajes no son problemas separados. Son parte de una misma urgencia educativa”, agrega.
El abandono escolar y sus consecuencias
Catalán descarta que abandonar los estudios conduzca inevitablemente a la delincuencia, pero advierte que sí incrementa los riesgos de exclusión social, informalidad laboral y desvinculación de redes de apoyo.
“Cuando la escuela se retira, otros actores ocupan ese vacío. En algunos territorios, la calle educa más rápido que la escuela, pero educa para sobrevivir, no para construir futuro”, sostiene.
Asimismo, alerta sobre el debilitamiento de la promesa de movilidad social que históricamente representó la educación para miles de familias chilenas.
“Cuando un adolescente abandona tempranamente sus estudios, no solo pierde contenidos curriculares; pierde oportunidades, redes, capital cultural y posibilidades de proyectarse”, señala.
Revincular implica reconstruir confianza
Respecto de las políticas públicas implementadas para enfrentar el fenómeno, el académico reconoce avances, particularmente a través del Plan de Reactivación Educativa impulsado por el Ministerio de Educación.
No obstante, advierte que los sistemas de monitoreo y alerta temprana deben complementarse con apoyo humano y territorial.
“La información por sí sola no revincula. Se necesitan equipos territoriales, duplas psicosociales, tutores, apoyo pedagógico y trabajo con las familias”, afirma.
A su juicio, el principal error sería entender la revinculación únicamente como el retorno administrativo a la matrícula escolar.
“Revincular implica reconstruir confianza. Muchos jóvenes que abandonaron la escuela cargan historias de fracaso, exclusión o violencia escolar. Volver al aula requiere sentir que ahora sí habrá alguien dispuesto a acompañarlos”, explica.
Una tarea que involucra a toda la sociedad
Finalmente, Catalán sostiene que el país debe dejar de mirar la deserción escolar como un problema exclusivamente educativo y asumirla como una preocupación social de primer orden.
“El desafío central es dejar de mirar la deserción como un problema administrativo y asumirla como una fractura social. No basta con matricular; hay que lograr que los estudiantes permanezcan, aprendan y encuentren sentido”, afirma.
Para ello, propone fortalecer las estrategias de alerta temprana, el acompañamiento socioemocional, la recuperación de aprendizajes y la coordinación entre educación, salud, desarrollo social, municipios y organismos de seguridad.
“La escuela no puede sola, pero sin escuela no hay salida duradera. Cada estudiante que abandona no es solo una matrícula menos: es una promesa que el país no supo cuidar”, concluye.






