La historia económica moderna de Chile no se puede entender sin el pulso de la minería. A poco más de medio siglo de la decisión más importante para el desarrollo sostenible de Chile, la nacionalización del cobre, la figura de Codelco vuelve a estar en el centro de una disputa crucial para el futuro del país, así lo señala la Diputada Carolina Cucumides.
Ante la inaceptable embestida de sectores de derecha y del Partido Republicano que buscan privatizar o debilitar la cuprífera estatal bajo el falso manto de una «crisis financiera», urge alzar la voz con rigor técnico, memoria histórica y visión de Estado. En especial como representante de una región minera.
Durante décadas, los detractores del rol empresarial del Estado han recurrido a un libreto repetido: desestimar el valor estratégico de Codelco apelando a indicadores parciales de deuda, cuestionando su presupuesto de inversión (CAPEX) o instalando la idea de que los privados administran intrínsecamente mejor. Sin embargo, este relato de matinal ignora una realidad incontestable.
Codelco no es una empresa cualquiera; es el motor fiscal y la columna vertebral de las finanzas públicas chilenas. Su capacidad de generar flujos extraordinarios y el respaldo indiscutido que mantiene en los mercados internacionales como Wall Street, donde sus bonos e índices de riesgo siguen siendo altamente atractivos, demuestran que la compañía cuenta con plena solidez comercial.
Pero el valor de Codelco va mucho más allá de sus balances contables. En pleno siglo XXI, con el planeta volcado hacia la transición energética, la electromovilidad y la descarbonización, los minerales críticos ya no son simples materias primas: son geopolítica pura. El mundo clama por cobre y litio, este último incorporado con éxito a través de alianzas estratégicas como Andino Litio, El Abra, Anglo American Sur y Quebrada Blanca, y Chile posee una posición privilegiada que el Estado no puede ni debe abandonar.
Mientras potencias globales como Estados Unidos o las naciones europeas fortalecen la intervención estatal en sectores industriales y estratégicos para resguardar su soberanía, en nuestro país algunos insisten en la tentación de privatizar la «joya de la corona». Achicar Codelco mediante la asfixia financiera o la venta de activos no solo dañaría la economía nacional y a los miles de proveedores y pymes que dependen de su cadena de valor, sino que hipotecaría el bienestar de las próximas generaciones.
Defender Codelco hoy significa blindar el desarrollo futuro de Chile. Requiere sostener sus proyectos estructurales para renovar sus yacimientos y asegurar una política de reinversión de utilidades justa y sostenible. Renunciar al control estatal de nuestros recursos no renovables equivaldría a renunciar al derecho soberano de decidir nuestro propio destino. Chile necesita más Estado estratégico, no menos; y Codelco debe seguir siendo, por siempre, el gran sueldo de todas y todos los chilenos.
Defender Codelco no es una discusión ideológica ni una nostalgia del pasado. Es una decisión estratégica sobre el Chile que queremos construir: un país capaz de resguardar sus recursos, fortalecer su soberanía económica y convertir su riqueza mineral en bienestar para las generaciones presentes y futuras. Ese es el verdadero desafío que no podemos eludir.






