La violencia en las escuelas ha sido objeto de creciente preocupación dentro de la ciudadanía
Agresiones provocadas por eventos de desregulación, desacuerdos entre docentes y apoderados, o por disputas personales entre estudiantes, han aumentado su frecuencia de manera sostenida y a pesar de los diferentes planes preventivos, dando señales de un contexto social complejo, donde la ira, como emoción, gana terreno como forma de relacionarse individual y colectivamente, así lo indica Sebastián Roa Echeverría, Docente Programa de Pedagogía en Educación Media, Universidad Andrés Bello.
Dentro de esta problemática, lo ocurrido el 27 de marzo en un establecimiento educativo de Calama, donde una asistente de la educación es asesinada y otros 4 miembros de la comunidad resultaron heridos a manos de un estudiante de cuarto año medio, representa un hito crítico para el sistema educativo; no sólo por la pérdida humana, sino también por el contexto en el que se origina este ataque, pues la violencia contra docentes y personal de los establecimientos posee un aumento preocupante, según todos los estudios nacionales e internacionales con efectos que van desde el ausentismo laboral hasta el abandono de la carrera docente.
No obstante, al observar el patrón de uso de plataformas en línea del agresor, es posible distinguir claras señales de las condiciones en las que se encontraba, previo al suceso. Se ven reposts de publicaciones sobre la soledad y el aislamiento y otras publicaciones de apología al suicidio y la violencia armada. Sumado a esto, el agresor publica un video donde daba señales del ataque solo horas antes de perpetrarlo.
Este tipo de conductas en línea se observan frecuentemente en casos extranjeros de adolescentes que han realizado tiroteos masivos en escuelas, constituyendo un patrón que nos sirve para comprender qué es lo que lleva a un joven a llevar a cabo estas atrocidades. A diferencia de la violencia originada por conflictos entre pares o por situaciones de colapso psicoemocional, esta es una violencia premeditada que responde a la combinación de una sensación de completo abandono por parte de la sociedad y desprecio por la vida propia y de quienes le rodean.
El proceso que conduce a esta realidad es paulatino y alimentado por factores externos muy reconocibles. Se evidencia un aislamiento asociado a una pérdida del sentido de pertenencia en la sociedad. Esto inicia con la ausencia de redes de apoyo y fuentes de cuidados, pero se refuerza a través de un segundo mecanismo: la radicalización en línea. Hay amplia evidencia que confirma cómo los mecanismos algorítmicos de redes sociales potencian el acceso a contenido extremo en poblaciones vulnerables, generando preocupantes efectos en la salud mental. Es un fenómeno de construcción de “cámaras de eco” que refuerzan discursos de odio y generan un círculo vicioso que contribuye al mayor aislamiento, validando la sensación de no pertenencia y fomentando un resentimiento contra el entorno que facilita la violencia como forma de respuesta hacia esta “sociedad culpable”.
Este proceso no sólo se vincula a ataques en escuelas, sino también al surgimiento de grupos violentos asociados a ideologías extremas y al aumento en la ocurrencia de múltiples problemáticas de salud mental en adolescentes. Por esta razón, resulta esencial focalizar esfuerzos para promover el cuidado de la salud mental en nuestros niños, niñas y adolescentes e intervenir de manera focalizada en casos de preocupación. No basta con una legislación punitiva o basada en la detección de armas, se debe adoptar un enfoque donde la entrega de cuidados hacia nuestros jóvenes por parte de la familia, la escuela y el estado sea el núcleo, promoviendo una sensación de pertenencia basada en la confianza en su entorno social. Otro aspecto relevante es profundizar la promoción del uso responsable de las redes sociales basado en la autonomía progresiva, fomentando un diálogo transparente que permita identificar conductas de riesgo y ofrecer vías de apoyo inmediato cuando lo necesiten.
No debemos olvidar que la agresión no es un hecho aislado, sino la consecuencia de condiciones que dan origen a la violencia. Por eso es tan importante comprender las causas y abordarlas. Cuando un niño, niña o adolescente siente protección y apoyo, la violencia deja de ser una forma válida para relacionarse.
Esta tragedia nos enseña de la manera más cruda que no sólo está en juego el bienestar de las comunidades, sino la vida misma de nuestros estudiantes, docentes y asistentes de la educación. No podemos seguir ignorando las causas de la violencia, ya llegamos demasiado tarde.






