¡Muchachos!, imposible no intentarlo…así titulé la columna del miércoles 25 de febrero, previo al duelo terrible y titánico contra Bahía
A no pocos esa frase quijotesca, les pareció una metáfora absurda y quimérica de un hincha inconsciente. Eran demasiados los obstáculos que se debían sortear para llegar al objetivo.
Eran tantas las trabas, tantos los problemas y tantas las falencias, que incluso algunos solo estaban felices por participar, después de tanto tiempo, en copa Libertadores. Aunque la ilusión estaba intacta luego del triunfo en Rancagua, la vuelta en tierras cariocas se veía como un sueño inalcanzable. Era como encontrar una aguja en un pajar, algo así como que los políticos nunca robaran o que en el mundo se acaben las guerras por plata o codicia.
Pero la vida tiene vueltas; es más redonda de lo que pensó Cristóbal Colón; es más fatalista que “Mea Culpa”; y es más sufriente que teleserie turca. La realidad indica que los rostros tienen dos caras y que nada está perdido si hay opción de luchar, batallar y bregar con convicciones inclaudicables.
Por eso, asomar la mirada hoy es más dulce. Se escuchan las voces alegres en el ambiente. La ciudad se ve colorida, repleta de dicha envuelta en un solo color celeste. La épica en Brasil, es la máxima expresión del club en el extranjero, extraída solo de pasajes imaginarios de cuentos furtivos, escritos por Oscar Castro en calles de adoquines, cuando se fundó la institución por allá en la década del ‘50.
Las atajadas del portero “Carabalió” una clasificación. El grito incesante de los forofos impusieron la energía, ni hablar de la labor correcta del equipo, que supo meditar el partido y encontrar los momentos para dar los golpes. Aún sin haber ganado la tanda de penales, todos nos quedábamos tranquilos y orgullosos por el rendimiento demostrado en esta segunda fase del torneo.
Sin embargo, las ansias de triunfo dominaron al pesimismo natural que nos invade siempre. Ni doce Goliat (incluido el pésimo arbitraje del teatral argentino) pudieron contra un David que se paró sin armas de fuego en el húmedo anfiteatro. Luego de la victoria final, las lágrimas se esparcieron en nuestras mejillas, encontrando respiro hondo, en el alma silente de aquellos que poco hemos celebrado con O’Higgins.
Gracias por esta jornada inolvidable. Gracias por devolvernos las ganas de salir adelante. Gracias por hacernos recordar a los que ya no están entre nosotros y por sobre todo, gracias por hacernos felices sin ataduras ni divisiones.
¡ Ahora vamos por más, con la misma humildad de siempre, porque nos llenamos de hambre libertadora!






