Hay partidos que entregan puntos, otros que dejan recuerdos y algunos, muy pocos, que terminan instalándose para siempre en el corazón de una ciudad
El duelo ante Boca Juniors, válido por el repechaje de Copa Sudamericana, pertenece a esa última categoría.
Por primera vez, Rancagua recibirá a uno de los gigantes más grandes del continente. Vendrá su historia, sus copas, su camiseta pesada y esa fama construida en cientos de victorias. Pero esta vez los “Xeneises” no jugarán solamente contra once futbolistas: tendrá enfrente a una región, que con honra, lleva el nombre de su rival.
Ser hincha de O’Higgins nunca fue elegir el camino fácil. Nosotros aprendimos a amar desde la resistencia, como el padre de la patria; a cantar cuando la garganta dolía y a seguir creyendo cuando la razón aconsejaba bajar los brazos. Nos acostumbramos a levantarnos de las derrotas, a defender nuestra camiseta frente a las burlas y a cuidar esta pasión como quien protege una herencia familiar.
La “Celeste” nos fue entregada por nuestros padres y abuelos. Pasó de mano en mano, de abrazo en abrazo, de generación en generación. Está en el niño que entra por primera vez al “Teniente” tomado de la mano de su padre, como me pasó a mi y mis hermanos, hace más de 40 años. Está en el viejo hincha que recuerda las tribunas de palo y la marquesina incendiada. Está entre quienes ya viven en el cielo, pero que seguramente también ocuparán un lugar invisible la noche del jueves.
Jugaremos con sangre en los dientes, por quienes enseñaron que O’Higgins no es solo un club de fútbol. Es una forma de pertenecer. Es el orgullo de haber nacido en esta tierra heroica. Es el color que nos identifica cuando estamos lejos. Es la excusa para abrazar a un desconocido y sentirlo cercano cuando festejamos un gol.
Por eso, este no será un partido cualquiera. Será el partido más hermoso que nos ha tocado jugar y no porque enfrente estén los argentinos con un campeón del mundo en sus filas, sino porque con ellos podremos reconocernos a nosotros mismos: valientes, orgullosos, tercos y profundamente enamorados de los colores.
Respetamos la historia de “Boca” pero no le tememos. Admiramos profundamente sus vitrinas repletas, pero no vamos a aceptar derrotas antes de entrar a la cancha. Los visitante deberán luchar cada pelota, resistir cada grito y soportar a un estadio lleno como pocas veces antes visto. Porque para nosotros no serán solamente noventa minutos. Será la posibilidad de regalarles a nuestros hijos una historia que algún día podrán contarles a los suyos. A veces, cuando el coraje logra imponerse al terror, el balón también escucha a los pueblos que sueñan.
Ilusionémonos sin pedir disculpas. Soñemos con los goles que hagan temblar el cerro Orocoipo; vibrar al Tío Manolo y la señora Mónica; que destruya de alegría las paredes del Quijote; que eleve las parrillas ardientes del Mora; que endulce los hornos de la Tokio; que saque portada en El Rancagüino; y que nos haga hacer el ridículo, ¡da igual!, para bailar en la plaza el latino.
Jugadores, incluso a los dos que se van, les pido desde estas humildes líneas, que salgan con el alma en los puños. Que corran hasta que las piernas no respondan. Que sean irreverentes-ingobernables, porque quizá nunca más tengamos una oportunidad tan linda como esta para salir al mundo.
¡Rancagua existe! a pesar de la mala fama y los memes absurdos. Existe en su gente trabajadora, en sus barrios, en sus silencios y sobre todo, en sus debacles. Existe cada vez que una camiseta aparece entre la multitud y un muchacho saca un “ohi-ohi”.
Y esta vez, por primera vez, hasta Boca Juniors tendrá que comprar entrada para comprobarlo.
¡ A ganar!






