El Dr. Freddy Squella, gastroenterólogo y académico de la Escuela de Medicina de la Universidad Andrés Bello, es claro desde el principio: «Que no tenga azúcar no significa que sea neutra para el intestino».
Lo que el intestino siente aunque la etiqueta diga cero
Una bebida zero no es agua con sabor. Contiene gas, ácidos, en muchos casos cafeína, y edulcorantes no calóricos como aspartamo, sucralosa o acesulfamo de potasio. Cada uno de esos componentes provoca algo dentro del cuerpo.
El especialista comenta que, por ejemplo, la carbonatación puede aumentar la distensión del estómago y favorecer eructos, hinchazón o reflujo, especialmente en personas predispuestas. Pero el efecto más debatido en la comunidad científica es el de los edulcorantes sobre la microbiota intestinal, ese ecosistema de billones de bacterias que habita el intestino y que hoy se sabe que influye en la inmunidad, el metabolismo y hasta el estado de ánimo.
«Los edulcorantes no calóricos no pasan totalmente inadvertidos para el intestino», explica Squella. «Existen receptores de sabor dulce en el tubo digestivo, no solo en la lengua. Al activarse, pueden modificar señales hormonales relacionadas con la saciedad, el vaciamiento gástrico y el metabolismo.»
Eso no significa que tomar una bebida zero de vez en cuando cause daño. El Dr. Squella es cuidadoso con ese matiz. El punto es otro: cuando el consumo es diario y sostenido, deja de ser un gesto inocuo y pasa a ser un hábito con efectos biológicos posibles.
El mito de la equivalencia
Uno de los argumentos más repetidos en redes sociales es la comparación directa: si la bebida azucarada es mala, entonces la versión zero es buena. Es una lógica de dos pasos que parece razonable, pero que simplifica un problema más complejo.
«Es un razonamiento incompleto», dice Squella. «Que no tengan azúcar es una ventaja clara frente a las bebidas azucaradas, especialmente si hablamos de calorías líquidas, obesidad o riesgo metabólico. Pero cero azúcar no es igual a cero efecto.»
La evidencia científica reciente le da respaldo a esa cautela. En 2023, la Organización Mundial de la Salud publicó una directriz sobre edulcorantes no nutritivos que advirtió sobre posibles efectos indeseados a largo plazo, entre ellos mayor riesgo de diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y mortalidad en adultos. Un estudio publicado ese mismo año en la revista especializada AHA Journals encontró que personas que consumen más de dos litros de bebidas zero o light a la semana tienen un riesgo 20% mayor de sufrir fibrilación auricular, una arritmia cardíaca de consecuencias potencialmente graves.
El gastroenterólogo añade que investigaciones más recientes han mostrado, además, que algunos edulcorantes pueden reducir la riqueza bacteriana del intestino delgado o alterar el comportamiento de bacterias habitualmente benignas. “En el caso del neotamo, un derivado del aspartamo presente en algunas formulaciones, se ha comprobado en modelos de laboratorio que puede dañar directamente las células que recubren la pared intestinal”, sostiene.
“Entre los edulcorantes más estudiados, la sucralosa y la sacarina presentan las señales más consistentes de posible impacto sobre la microbiota. El aspartamo ha mostrado efectos en modelos experimentales, aunque la evidencia en humanos es menos concluyente. La stevia, frecuentemente presentada como la opción «natural», parece tener un perfil más favorable, pero tampoco puede considerarse completamente neutra”, agrega.
Quién debe ser más cuidadoso
El Dr. Squella no utiliza la palabra «riesgo» a la ligera. Prefiere hablar de mayor precaución. Y hay perfiles de pacientes para quienes esa precaución es especialmente relevante.
Las personas con síndrome de intestino irritable, distensión abdominal, dispepsia funcional o reflujo gastroesofágico pueden ser más sensibles al gas, la acidez y ciertos edulcorantes. En ellos, una bebida zero puede no ser la causa del problema, pero sí un gatillante o amplificador de síntomas que ya existían.
“También conviene ser cuidadoso en personas con diabetes tipo 2, obesidad o alto riesgo cardiometabólico. En esos casos, las bebidas zero pueden ser útiles como herramienta de transición para reducir el consumo de azúcar, pero no deberían instalarse como hábito diario indefinido”, explica.
Asimismo, los pacientes con fenilcetonuria no deben consumir aspartamo, porque contiene fenilalanina, un aminoácido que su organismo no puede procesar.
Entonces, ¿cuál es peor?
Si el criterio es azúcar, calorías líquidas y glicemia, la bebida zero es claramente preferible. En esa dimensión específica, puede ser una herramienta útil para quien está intentando abandonar las bebidas azucaradas. Pero si el criterio es salud digestiva, microbiota, salud dental o construcción de hábitos saludables, la respuesta cambia.
«La comparación clínicamente más honesta no es Coca-Cola Zero versus Coca-Cola regular», dice Squella. «Esa comparación puede servir en una etapa de transición. La comparación final debería ser bebida zero versus agua.»
Las bebidas zero mantienen el sabor intensamente dulce, pueden perpetuar la preferencia por lo dulce y, en algunas personas, favorecen síntomas digestivos. No son agua. No se comportan como agua. Y tratarlas como si lo fueran es exactamente el tipo de simplificación que los reels de redes sociales propagan sin querer, o a veces queriendo, todos los días.






