Entre que suena el timbre y el profesor logra que los alumnos se ordenen, pasan entre cinco y ocho minutos
Entre que termina la actividad planificada y suena el timbre siguiente, sobran a veces diez. Los recreos que no son recreos porque llueve y no hay techado. Las horas de reemplazante que no hay. Los últimos veinte minutos de un viernes cuando nadie —ni los estudiantes ni el adulto a cargo— tiene energía para iniciar algo que valga la pena. El tiempo muerto en la escuela no está en el horario, pero ocupa una porción considerable de la jornada. Y lo que ocurre en él revela, con más honestidad que cualquier planificación, qué tipo de institución es cada escuela, así lo señalan el Dr. Jaime Fauré, (Psicopedagogía de la Universidad Andrés Bello) y Pilar Diez (Universidad Alberto Hurtado).
La expresión misma es reveladora. «Tiempo muerto». Esto presupone que hay un tiempo vivo: el tiempo de la clase, de la instrucción, del contenido formal. Todo lo que no cabe en esa categoría queda clasificado por defecto como ausencia, como pausa, como nada pedagógicamente significativo. Pero esa clasificación es más una decisión ideológica que una descripción exacta de lo que ocurre. Porque en esos márgenes, en esos intervalos sin nombre oficial, también pasan cosas. Los estudiantes conversan, negocian, se organizan entre ellos, resuelven conflictos o los inician, muestran versiones de sí mismos que la clase formal raramente autoriza.
El problema no es que ese tiempo exista. El problema es que la escuela, en general, no sabe qué hacer con él. Las dos respuestas más frecuentes son igualmente insatisfactorias: llenarlo con algo —cualquier cosa que parezca actividad— o tolerarlo con resignación mientras se espera que termine. La primera respuesta produce esas tareas de relleno que los estudiantes reconocen de inmediato como tales y que no engañan a nadie: el ejercicio que se pone «para que no queden ociosos», la lectura que nadie va a comentar, el dibujo libre que es libre solo en el nombre. La segunda produce el caos administrado de quienes simplemente esperan que el reloj avance.
Lo que se discute muy poco es el potencial genuino de esos márgenes cuando se los toma en serio. No como tiempo de instrucción encubierta sino como espacio donde pueden ocurrir cosas que la clase formal no tiene estructura para contener: la conversación espontánea sobre algo que se leyó, el juego que desarrolla pensamiento estratégico, el momento en que un estudiante que nunca participa en clases muestra ante sus compañeros que sabe algo que nadie sabía que sabía. Esas cosas ocurren en los bordes, no en el centro. Y tienen consecuencias sobre la identidad de aprendiz de los estudiantes que no son menores: hay jóvenes para quienes el recreo o el tiempo entre clases es el único momento en que la escuela les devuelve una imagen de sí mismos que no está mediada por la calificación.
Existe, también, una dimensión que tiene que ver con los adultos. Los profesores en Chile tienen muy poco tiempo no estructurado dentro de su jornada laboral que no sea simultáneamente tiempo de vigilancia o de administración. El recreo suele ser turno de patio. La hora libre entre clases, cuando existe, es el momento de preparar la siguiente o de responder correos. No hay mucho espacio para la conversación informal con colegas, para la recuperación, para algo parecido al descanso real. Y un adulto que no descansa tampoco puede ofrecer presencia plena en los momentos que sí importan.
En las escuelas donde el tiempo muerto se ha pensado —donde hay recreos con materiales disponibles, donde los pasillos tienen algo más que paredes vacías, donde los adultos que están a cargo durante los intervalos no solo vigilan, sino que a veces participan— algo diferente ocurre en el clima general. No es fácil de medir y probablemente no aparecerá en ningún índice de calidad. Pero los propios estudiantes lo notan y lo describen, cuando se les pregunta, con una claridad que los instrumentos estandarizados rara vez capturan: que en esa escuela da gusto estar, aunque no siempre dé gusto estudiar. Y esa distinción, que parece menor, no lo es. Y nos lleva hacia una convivencia más humana, que es adonde queremos ir. ¿O no?






