Chile enfrenta una paradoja educativa que incomoda: mientras el discurso público insiste en la centralidad del profesorado, el ingreso a pedagogías por la vía tradicional de la PAES sigue cayendo, con una disminución del 17,5 %
La docencia ya no seduce a los jóvenes como antes. Endurecimos los requisitos de acceso en nombre de la calidad, pero olvidamos una pregunta esencial: ¿qué condiciones ofrece hoy el país para querer ser profesor?
La evidencia internacional advierte que elevar exigencias sin mejorar la carrera profesional termina debilitando el sistema más que fortaleciéndolo (OCDE, 2023). El problema no es solo quién entra, sino por qué alguien elegiría entrar a una profesión tensionada por bajos incentivos, sobrecarga laboral y escaso reconocimiento social.
En este escenario emerge un fenómeno que merece mayor legitimidad en el debate público: la formación docente por prosecución de estudios. Hoy existen cerca de 50 programas en Chile, y en 2024 casi dos mil personas optaron por esta vía. Mientras la PAES pierde capacidad de atracción, licenciados y titulados universitarios están decidiendo convertirse en profesores. No es un atajo, es una trayectoria distinta, anclada en experiencia académica previa y madurez profesional.
Este camino no solo ha sido validado, sino impulsado por el propio Estado. El MINEDUC ha reconocido la prosecución como una alternativa legítima para formar profesores en un contexto de déficit estructural (MINEDUC, 2024). Desconocer esta vía sería negar la diversidad de trayectorias que hoy configuran la educación superior.
Más aún, la prosecución de estudios dialoga con modelos de alta exigencia, como el de Finlandia. Allí, los docentes ya son licenciados y cuentan, además, con formación de posgrado obligatoria. En educación básica, donde se construyen los cimientos de todo aprendizaje posterior, se exige un máster en Ciencias de la Educación; en educación media, un máster disciplinar. La pedagogía es una de las carreras más prestigiosas del país porque combina selectividad, profundidad académica y alto reconocimiento social (UNESCO, 2022).
En Chile, universidades como la Universidad Andrés Bello han comprendido esta lógica desde hace años, formando profesores de educación media para licenciados y ampliando, desde 2025, la prosecución a educación parvularia y educación diferencial. No se trata de bajar estándares, sino de reordenar las trayectorias formativas con foco en calidad y responsabilidad social.
Sin embargo, sería ingenuo creer que esta vía resolverá por sí sola la crisis docente. El déficit no nace en el acceso, sino en una Carrera Profesional Docente que no logra retener ni cuidar a quienes enseñan. La falta de incentivos y el deterioro del prestigio explican más que cualquier prueba estandarizada (OEI, 2021).
La educación es el pilar de la sociedad, pero el profesor es la columna que la sostiene. Si no transformamos su reconocimiento social y bienestar, seguiremos discutiendo por dónde entran los futuros docentes, mientras las aulas —silenciosamente— se quedan sin quien las habite.






