Más de un mes de vacaciones ya ha pasado. Y en muchos hogares chilenos, ese tiempo —que pudo ser fértil— se ha ido diluyendo entre pantallas encendidas, rutinas inexistentes y niños que repiten, como un eco cansado, que están aburridos
No es un problema de recursos ni de voluntad; es una señal más profunda: hemos dejado de pensar el tiempo familiar como tiempo educativo.
Las vacaciones no fracasan porque los niños no estudien. Fracasan cuando los adultos renuncian a dar sentido a los días. Cuando el verano se convierte en una espera pasiva del regreso a clases, como si aprender fuera una actividad que solo ocurre bajo el control del horario escolar. La UNESCO ha advertido con claridad que educar no es acumular contenidos, sino ofrecer experiencias que permitan comprender el mundo desde la vida cotidiana, el diálogo y la cultura (UNESCO, 2021). Sin embargo, seguimos atrapados en una lógica donde, fuera de la escuela, todo parece irrelevante.
No se trata de imponer tareas ni de adelantar el currículum. Se trata de construir rutinas humanas, no disciplinarias. Rutinas que ordenan sin asfixiar: leer juntos aunque sean diez minutos, jugar sin objetivos productivos, caminar la ciudad como quien abre un libro vivo. La OEI ha insistido en que el desarrollo integral exige tiempo protegido para el juego, la conversación y la exploración cultural, especialmente en el espacio familiar (OEI, 2022). El juego no es un premio después del deber; es, en sí mismo, una forma profunda de aprender.
La ciudad también educa, pero solo si alguien ayuda a mirarla. Museos gratuitos, bibliotecas públicas, ferias, plazas, barrios con historia: todo enseña cuando hay un adulto dispuesto a preguntar, a escuchar, a relacionar lo visto con lo vivido. La OCDE ha sido clara en señalar que el aprendizaje situado —aquel que conecta experiencia, cultura y reflexión— fortalece competencias cognitivas y ciudadanas clave para la vida democrática (OCDE, 2019). Encerrar a los niños en la casa no es protegerlos; es empobrecer su experiencia del mundo.
La mesa familiar, tantas veces ocupada por el celular o el noticiero de fondo, puede ser uno de los espacios educativos más potentes del verano. Comer juntos y conversar sobre lo que ocurre en el país, preguntar qué piensan los hijos, escuchar sin corregir de inmediato, es formar criterio, lenguaje y ciudadanía. El Ministerio de Educación ha subrayado que la familia cumple un rol insustituible en la formación integral cuando promueve hábitos culturales y conversaciones significativas (MINEDUC, 2023). Educar también es sentarse a la mesa sin apuro.
Las vacaciones no deberían ser un martirio ni un paréntesis vacío. Son una oportunidad ética: enseñar a habitar el tiempo, a convivir, a conversar, a mirar el mundo con otros ojos. Tal vez el verdadero problema no sea que los niños estén aburridos, sino que los adultos hemos olvidado que educar no siempre requiere instrucciones, pero sí presencia. Y que el verano, cuando se vive con sentido, también puede dejar huella.






